LA MUJER QUE DEJÓ A PICASSO

Tuvieron dos hijos, Claude, en 1957 y Paloma, en 1949. Picasso empezaba a mostrar un carácter oscuro. “Nadie deja a un hombre como yo”, le advirtió a Gilot cuando las peleas se tornaron violentas. “Espera y verás”, le respondió ella, que empezaba a entender que él no soportaba la idea de que sus mujeres disfrutasen de una vida propia e independiente.

A Pablo Picasso le gustaba que sus mujeres fueran devotas y sometidas. Pero Françoise Gilot, colega suya, su amante y posteriormente su pareja desde 1943 hasta 1953, rompió el molde. A los 90 años, Gilot habla con franqueza de su relación con el pintor malagueño

Por Jane Hawley | The Sidney Morning Herald

Picasso y Françoise Gilot

«Soy la única mujer que dejó a Picasso, la única que no se sacrificó al monstruo sagrado -declara Françoise Gilot, con una sonrisa desenfadada y desafiante-. Soy la única que aún está viva para contarlo. Después de todo, mire lo que les ocurrió a las otras, continúa, con sus cejas circunflejas enarcadas. Tanto Marie-Thérèse como Jacqueline se suicidaron (la primera se ahorcó; la segunda se pegó un tiro), Olga se volvió histérica y casi loca. Dora Maar enloqueció.»

francoise_gilot_picFrançoise Gilot, la esbelta belleza que a los 24 años Picasso inmortalizó como La Femme-Fleur, tiene ahora casi 90. Retrepada en una silla de salón Luis XV, en su departamento neoyorquino lleno de obras de arte, su diminuta figura irradia fuerza. Mientras habla, con un seductor acento francés, sus manos de uñas pintadas de un rosa brillante gesticulan con elegancia. Gilot sigue siendo la mujer enérgica, de inteligencia aguda y espíritu independiente que compartió una década apasionada con Picasso, desde 1943 hasta 1953.

Cuando se conocieron, ella tenía 21 años y era una novata estudiante de derecho, artista y escritora. Picasso tenía 61 y era el ardiente español celebrado como el genio modernista que reinaba en calidad del artista que más vendía en el mundo. Gilot le dio dos hijos notables: Claude y Paloma Picasso.

«Pablo era una persona maravillosa para estar con él, era como fuegos de artificio -recuerda Gilot-. Asombrosamente creativo, tan inteligente y seductor, Si estaba de humor para fascinar, era capaz de hechizar hasta a las piedras. Pero también era muy cruel, sádico y despiadado con los demás y consigo mismo.

Todo debía ser como él decía. Una estaba allí a disposición de él: él no estaba a disposición de nadie. Pablo creía que era Dios, pero no era Dios ¡y eso lo irritaba! Fue el amor más grande de mi vida, pero había que tomar medidas para protegerse. Yo lo hice: me fui antes de terminar destruida. Las otras no lo hicieron, se aferraron al poderoso minotauro y pagaron un precio muy alto.»

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Cuando se marchó con sus hijos, en 1953, Picasso le advirtió: «Nadie deja a un hombre como yo». Gilot y sus hijos también pagarían un precio muy alto. En 1964, Gilot publicó La vida con Picasso , un estudio de aguda percepción sobre cómo este artista perpetuamente inventivo metamorfoseaba las ideas en obras de arte, y sobre su volcánica energía, su espíritu travieso y su lado oscuro, siempre al acecho. Gilot también describió a Picasso como un «Barba Azul» y habló de sus constantes enredos con su sucesión de esposas/amantes/musas/modelos. El libro enfureció tanto al reservado Picasso que para castigar a Gilot cortó todo contacto con ella, Claude y Paloma, y se negó a verlos o hablarles hasta que murió, a los 91 años, en 1973.

Durante varios días, Gilot habló conmigo con sorprendente candor sobre Picasso y sobre los demás integrantes de «la tribu Picasso», sus otras mujeres e hijos. «Le estoy contando cosas que nunca antes dije abiertamente, pero ahora sólo me queda tiempo para la verdad», me advirtió. Sin embargo, hizo falta todo un proceso para llegar a ese punto. El disparador fue una invitación a escribir sobre una exhibición importante, Picasso: Masterpieces from the Musée National Picasso , que viene a la Art Gallery de Nuevo Gales del Sur en el mes de noviembre. Si había alguien a quien yo quería entrevistar, era a Gilot. ¡Imposible!, me dijeron.

Así que rastreé a John Richardson, ahora dedicado a compilar el cuarto volumen de su magistral biografía de Picasso, y él fue quien me sugirió que le escribiera a Gilot. Como mi carta no recibió respuesta, me arriesgué a llamarla por teléfono. Ella me informó en tono altivo que se niega a todos los pedidos de entrevistas: «Es un desperdicio de mi precioso tiempo. Picasso fue una parte importante de mi pasado, pero yo no vivo en el pasado. Tengo la mente puesta en mi propia obra y pinto todos los días», replicó. Cuando ella estaba a punto de colgar, le mencioné que recordaba que había hablado en el Festival de la Semana de Escritores de Adelaida, en 1984. «Ah, sí? me gustó Australia. Además la pintura aborigen de ustedes me resultó tan interesante, porque es como un encuentro, de origen tan antiguo pero muchas obras se ven tan contemporáneas.» Esto entreabrió una puerta para la conversación que, sorprendentemente, duró toda la hora siguiente, y luego vino la concesión: podría aceptar una entrevista si le enviaba por fax una lista de nuevas preguntas.

«Me niego a hablar de cualquier cosa que haya escrito o dicho antes: eso es una pérdida de mi tiempo. A mi edad, puedo mostrarme displicente con esa clase de cosas», advirtió. Le dije que la entendía y que podía ser directa con los australianos. «Pero soy francesa, y también soy directa», respondió, riéndose. Cuando le mandé las preguntas por fax, me sentía como si estuviera rindiendo un examen. A la una y media de la madrugada sonó mi teléfono: «Soy Françoise, okay, puede verme en Nueva York, durante dos horas. Pero nada de fotógrafos».

No sé bien si el portero anunciará «Madame dice oui » o «non» cuando llego al gracioso y antiguo edificio de departamentos donde vive Gilot, cerca de Central Park. Es oui (alivio) y un amigable pero cauto bonjour a las diez de la mañana, cuando ella abre la puerta y me guía a través de sus grandes habitaciones de techo alto, revestidas de libros y en general, de sus propias y coloridas pinturas abstractas, y una obra favorita de Georges Braque. Ningún Picasso.

La femme-fleur   Retrato de François Gilot por Pablo Picasso. (1946)

«Sólo tuve un único Picasso, La Femme-Fleur, pero lo vendí hace años, porque sentí que me traía mala suerte -comenta Gilot sin que se lo pregunte-. Nunca acepté más pinturas, porque Picasso hubiera dicho: ¡Ah, ya ves, eres igual que todas las otras!’. Así que no acepté nada, seguí siendo independiente. Además, sabía que si una le aceptaba cosas a Picasso, quedaba en deuda con él y había que pagarla de otra manera. Él quería que yo fuera sumisa, como las otras mujeres, pero nunca fui sumisa.»

Educada para ser abogada, una confiada hija única de una familia de la alta burguesía, Gilot le aclaró a Picasso que no quería que la pintara. «No quería hacerme famosa como el período Gilot’ -dice- después de los períodos Fernande/Eva/Olga/Marie-Thérèse/Dora Maar. Sabía que la manera de Picasso de eliminar una mujer tras otra era pintar sus retratos», agrega con una risa musical. De hecho, Picasso pintaba retratos despiadados cuando una mujer perdía su favor: por ejemplo, Olga con dientes de navaja, vagina con filo de sierra, cuerpo retorcido, mientras en el fondo se cierne una seductora imagen de su reemplazante de 17 años, Marie-Thérèse.

«La tragedia de esas otras mujeres -explica Gilot- es que les complacía que el famoso Picasso las pintara todo el tiempo, porque eso las hacía sentirse importantes. Se sentían halagadas, pero estaban atrapadas y vivían a través de él. Pero como yo también soy pintora, ¡creo que eso es una estupidez! Como sabemos perfectamente todos los artistas, aunque Picasso estaba pintando el retrato de una mujer, siempre se trataba de su propio autorretrato. Todas las pinturas de Picasso son un diario de su vida.»

La Femme-Fleur floreció después de que Picasso llevó a su nueva relación amorosa a visitar a su viejo amigo Matisse. «Le gusté a Matisse, quien anunció: Voy a hacer un retrato de Françoise, su cuerpo será azul pálido y su cabello verde hoja’ -recuerda Gilot-. Cuando nos fuimos, Picasso estaba indignado. Sólo había hecho dibujos de mí, y ahora dijo que él me pintaría primero. Mi retrato se convirtió en la mujer-flor, con rostro azul pálido y cabello semejante a una hoja.»

Muy pronto resulta claro: el exquisito dilema de Gilot es que la enorgullece y al mismo tiempo la irrita que la definan como una de las mujeres de Picasso. Insiste en que es una persona por derecho propio y enumera detalladamente su larga carrera artística con justificado orgullo. Un ingenio agudo y el sentido del humor animan su conversación; sin embargo, se irrita fácilmente si una se mete en el sitio inadecuado, y no vacila en hacerlo saber.

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Pero una vez que alguien forma parte de la leyenda de Picasso, se queda allí, y su mente ágil parece disfrutar analizando sus años con Picasso como una festividad histórica, y también examinando las paradojas del genio de Picasso.

«Mi relación con Picasso fue un romance de época de guerra, las circunstancias extremas nos unieron de una manera que nunca se hubiera dado en épocas de paz -admite con franqueza-. Era la Segunda Guerra Mundial, en el París ocupado por los alemanes, una época de gran peligro y desastre absoluto. Picasso era un héroe para mi generación: había pintado Guernica y era un símbolo de resistencia contra el fascismo y el régimen de Franco. Implicaba gran coraje de su parte quedarse en París en vez de escapar a América. En cualquier momento podían arrestarlo, pero ésa era su manera de decirle no a la opresión. Varios miembros de mi familia estaban en la Resistencia, y los mataron. A mí me habían arrestado en una manifestación estudiantil y mi existencia también era precaria. Los alemanes odiaban a los estudiantes de derecho, así que yo había cambiado la abogacía por mi verdadera pasión: el arte. Todos podíamos morir mañana: eso me volvió intrépida. Conocía la reputación de Picasso con las mujeres, y sabía que irme a vivir con él podía ser una catástrofe pero decidí que se trataba de una catástrofe que no quería perderme.»

Muy pronto ya estaba alternando con el círculo habitual de artistas y escritores amigos de Picasso: Braque, Léger, Miró, Giacometti, Cocteau, Colette, Gertrude Stein y Alice B. Toklas, el poeta Paul Éluard. Picasso, que tenía una veta sádica, le pidió a Gilot que leyera las obras de marqués de Sade, tal como se lo pedía a todas sus mujeres, pero ella se negó de plano: «Le dije a Pablo que la crueldad del marqués de Sade estaba por todas partes en esa guerra, y que no necesitaba leer más de eso», dice. Y agrega, con tono hosco: «Muchas mujeres muy femeninas tienen una faceta masoquista, así que a Picasso le resultó perfecto con las mujeres que me precedieron, el sádico con la masoquista. Pero yo no era masoquista ni sádica, simplemente, no jugaba ese juego».

Sonriendo una vez más, Gilot recuerda que en sus largas y animadas conversaciones con Picasso, con frecuencia él le preguntaba: «¿Por qué siempre me contradices?». «Le contesté: Debe de ser porque tenemos un diálogo, no un monólogo. Todo el mundo te dice siempre que sí, como la corte que rodea a un rey, así que a mí me toca decir no’. Eso le gustó. Cuando todo el mundo te dice que sí, posiblemente te sientas poderoso, pero también te sientes muy solo. Yo me di cuenta de que Pablo era una figura muy solitaria.»

A Gilot la asombró mucho descubrir que el magistral artista había engañado a todos para que creyeran que su confianza en sí mismo era suprema. Sí, Picasso sabía que en unas pocas horas en su estudio podía hacer cualquier cosa que quisiera, dice Gilot. Pero al mismo tiempo, también padecía una ansiedad suprema, porque quería encontrar una nueva verdad, un nuevo camino en el arte. Como artista joven, a ella le pareció maravilloso que alguien que había creado una obra maestra tras otra aún padeciera esa inquietud. «Picasso siempre se sentía solo, en peligro; nadie comprendió eso -cuenta Gilot-. Me dijo que yo tenía una clase especial de sabiduría y de equilibrio que lo tranquilizaba, y yo creí que podía ayudarlo.»

Su rutina diaria era que Picasso se despertaba tarde, alrededor de las diez de la mañana, de talante pesimista. «Pablo solía quejarse de que la vida era insoportable: para qué tenía que levantarse, no tenía sentido intentar pintar nada -relata Gilot-. Yo lo convencía de que después de todo las cosas no eran tan malas, porque seguramente hoy pintaría algo maravilloso. Venían de visita algunos amigos, Pablo ganaba alguna discusión, recargaba sus baterías, volvía a convertirse en rey. Finalmente, alrededor de la una de la tarde empezaba a trabajar en su estudio, de buen humor.»

Picasso trabajaba hasta las diez de la noche -siempre en silencio, sin música, sin asistentes- y entonces paraba para cenar. Fumaba 40 cigarrillos por día, pero nunca bebió. Podía volver a trabajar y se iba a la cama a las dos de la mañana. Al día siguiente, repetía la misma rutina. «Era agotador -recuerda Gilot- pero toda mi vida aumenté mi nivel de autoexigencia. Era una jinete experta ¡así que verdaderamente tenía buen equilibrio!»

Las dos horas que me había asignado se estiraron a tres, luego Gilot amablemente me invitó a quedarme a almorzar. Se dirige al comedor con la espalda tan erguida como si todavía estuviera adiestrándose en su caballo, en el Bois de Boulogne. La mesa está tendida formalmente, con un mantel de hilo francés y platería de época, y Anna Maria, su jovial criada, ataviada con un uniforme azul, nos sirve un centelleante salmón ahumado, huevos y ensalada de palta con vino blanco. Durante el almuerzo, Gilot habla, casi siempre con empatía y amabilidad, sobre las otras mujeres de Picasso. «Es como las siete esposas de Barba Azul, una sabe que están allí colgadas de la pared  ¡y que finalmente también a una le ocurrirá lo mismo!»

Gilot no conoció a la primera pareja duradera de Picasso, Fernande Olivier, la artista y modelo que vivió con él desde 1904 hasta 1912, ni tampoco a su sucesora, Eva Gouel, quien murió de tuberculosis en 1915, pero sí conoció a las otras. «Picasso les mentía infinitamente a todas -dice- para mantenerlas orbitando a su alrededor, de una manera perversa y posesiva.»

En 1918, Picasso se casó con la bailarina rusa Olga Khokhlova y ambos compartieron diez años cada vez más conflictivos. Picasso pronto empezó a aborrecer la obsesiva escalada social y la creciente neurosis de Olga, pero no podía divorciarse dado que el divorcio era ilegal en España. Olga lo persiguió hasta el día en que murió, presuntamente demente, en 1955. El hijo de Picasso y Olga, Paulo, nacido en 1921, murió a los 54 años, víctima de un trágico alcoholismo.

Picasso y Françoise Gilot

«Yo conocía bien a Paulo; ambos éramos de la misma edad. Era un encantador joven que sufrió una vida muy difícil debido a sus dos padres -dice Gilot-. Picasso nunca quiso que su hijo llegara a nada; lo menospreciaba y lo convirtió en su chofer [Picasso no conducía]. Cuando nos mudamos al sur de Francia, Paulo nos llevaba en auto a las corridas de toros, que Picasso adoraba, porque para él la vida era una corrida, una sangrienta lucha con la muerte. Se identificaba con todos los protagonistas de la plaza de toros, incluyendo al toro.»

Rebobinemos hasta 1927, cuando Picasso vio a Marie-Thérèse Walter, de 17 años, comprando un cuello de Peter Pan, y puso su mirada magnética y todo su encanto al servicio de seducirla. «Marie-Thérèse fue la más física de las relaciones de Pablo -cuenta cándidamente Gilot-. Las pinturas que hizo de ella son extremadamente sensuales, líricas y suaves, en colores pálidos, oceánicos. Siento simpatía por ella, porque era tan inocente? no muy inteligente, pasiva, agradable y bella. Ella lo adoraba, no tenía otra cosa en su vida, y en 1935 dio a luz a la hija de ambos, Maya.»

Pero el afecto de Picasso pronto se marchitó y en 1936 conoció en un café a la fotógrafa surrealista Dora Maar, que clavaba un cuchillo entre sus dedos, sacándose sangre. Picasso se sintió atraído por los aspectos perversos y salvajes de Maar, dice Gilot sin tapujos, y agrega: «Ninguna de las otras mujeres de Picasso eran muy inteligentes; provenían de familias pequeñoburguesas y no habían tenido una buena educación. Dora era la más inteligente; sin embargo, no entendió a Picasso y entró en juegos sádicos con él. Tenía problemas psicológicos y para 1943 Picasso ya había decidido que estaba completamente loca».

Dora Maar fotografió el Guernica mientras Picasso lo pintaba, y soportó la pesada carga de la furia y el horror del artista ante la guerra y el sufrimiento. Gran parte de esa furia se descargó en las pinturas que hizo de ella: Mujer que llora . En La vida con Picasso , Gilot escribe que en 1943 Picasso le aseguró que sus relaciones con Marie-Thérèse y Dora Maar estaban concluidas, aunque seguía haciendo dos vistas semanales a Maya y a su madre. ¿Gilot pensaba que esas visitas eran algo más que paternas?, me atrevo a preguntarle.

Ahora Gilot admite: «Oh, claro, probablemente. Eso era parte de su vida. Yo no lo consideraba una amenaza. Después de todo, ¿qué cambiaba si volvía a tener relaciones sexuales con Marie-Thérèse otra vez? Era algo que había hecho desde 1927 ¡y ya estábamos en la década de 1950! Mi relación con Pablo era completamente diferente. No estaba celosa de Marie-Thérèse ni de Dora Maar. Las dos aparecían en la obra de Picasso, y la mejoraban. Sabía que Picasso era como un gran río que arrastraba en su corriente restos y esqueletos. Necesitaba mucho sexo, ese impulso primario era parte de su constitución». Como estamos hablando del tema, me atrevo a preguntar si Picasso era un gran amante. «Sí, lo era, cuando quería», responde, con una risa alegre.

Cuando estaban viviendo en el sur de Francia, recuerda Gilot, Picasso la convenció de tener hijos diciéndole que los unirían como pareja y la completarían como mujer. «Me preocupé porque Pablo todavía estaba legalmente casado con Olga, pero él prometió que siempre amaría y cuidaría a nuestros hijos», subraya. Claude y Paloma nacieron en 1947 y 1949 respectivamente.

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Gilot creía que conocía mejor a Picasso que el resto de sus mujeres. «Sabía que el artista que había pintado Guernica no era ningún angelito -reconoce-. No se podían aplicar los mismo valores éticos a un artista muy creativo y a una persona corriente de clase media.» Picasso no podría haber pintado como lo hizo sin experimentar altibajos extremos, en diversos aspectos. Su conducta podía llegar a ser muy primitiva. «Pablo tenía la cruda curiosidad de un niño que toma un reloj y lo destruye para ver lo que tiene adentro -asegura Gilot-. Hacía lo que se le antojaba en cualquier momento, sin pensar en las consecuencias.» La conducta de Picasso se hizo cada vez más injusta y cruel, y la preocupación de Gilot sobre los efectos que eso tendría sobre sus hijos se profundizó.

A Gilot le resultó cada vez más difícil mantener una relación familiar en la que, define, «Picasso era un dios, y yo y mis hijos, meros seres humanos». Picasso se había jactado de que gozaba haciendo sufrir a las personas que lo amaban. «Una vez le pegunté a Pablo por qué era tan malo con Sabartés, su leal secretario, que lo veneraba. Picasso respondió: ?Sólo soy malo con la gente que amo. Con la gente que no me importa, soy amable’. Típico de él: lo que hacía era poner a prueba nuestro afecto. Todos los días tenía que enzarzarse en algún combate y ganarlo. ¡Picasso era cualquier cosa menos racional!»

Gilot piensa que las pinturas de ella que hizo Picasso durante ese período son reveladoras. «Pablo pintó una serie de caballeros medievales con armadura, de cinturas finas, a caballo? todos ellos son yo. Se quejaba de que yo nunca me quitaba mi armadura. ¡Sí, porque no quería resultar muerta! También pintó muchas langostas? también son yo, con esa coraza protectora.»

Aunque había entregado completamente su vida a amar y comprender a Picasso, a Gilot le resultó cada vez más claro que él nunca había llegado a conocerla. Cuando Picasso la cortejaba, ella estaba tan arrobada con él que escribió: «Había momentos en que parecía una imposibilidad física respirar si él no estaba presente». Pero ahora anhelaba calidez humana y sabía que jamás podría provenir de Picasso. «La idea del amor de Picasso era principalmente física y posesiva, nada que ver con dar. Al mismo tiempo, su lado bueno era tan inteligente que cuando una estaba con él, escuchando sus ideas y viéndolo pintar, solía ser tan asombroso que una sentía que era testigo de un milagro. Eso era lo que daba. Si una podía apreciarlo, eso era lo que recibía de él.»

Ninguna mujer había abandonado nunca a Picasso y él echaba chispas, colmado de incredulidad, cuando Gilot se llevó a Claude, de 6 años, y a Paloma, de 4, a París, a un departamento que había comprado con una herencia de su abuela. «Yo tenía dinero y una carrera propia, una familia y un círculo de amigos propio que me ayudarían a reconstruir mi vida», explica Gilot. Después, Claude y Paloma pasaron cada vacación escolar con Picasso, que seguía viviendo en el sur de Francia.

El rechazado genio de 71 años pronto eligió a una nueva mujer bien dispuesta: la asistente de alfarería Jacqueline Roque, de 27 años, y se casó con ella tras la muerte de Olga. Gilot habla de Jacqueline con absoluto desdén: «Jacqueline era una mujer vacía, una estúpida pequeñoburguesa que carecía de inteligencia, muy posesiva con Picasso. Pablo estaba feliz porque otra vez tenía una mujer sumisa, que le decía que todo lo que él hacía era maravilloso y que nunca lo criticaba». Y agrega, con tono desafiante: «Los mejores años de la pintura de Pablo ya habían terminado cuando conoció a Jacqueline. Antes, con frecuencia había pintado imágenes eróticas, pero nunca pornográficas, y ahora empezó a poner vaginas y anos en cada pintura».

Gozando perversamente con la idea, Gilot confía: «Escuché decir que Picasso había empezado a tener problemas con su virilidad. Conmigo aún era muy potente, pero se estaba haciendo viejo. Aunque hubiera querido dejar a Jacqueline, debe haberlo irritado que su cuerpo lo obligara a ser más fiel que su mente. ¡Ja, ja!»

Gilot dice que hasta Jacqueline, «todas las mujeres y niños de la tribu Picasso habían dejado espacio para los otros. Yo sabía que las otras mujeres le seguían enviando a Pablo cartas de amor, y que él les contestaba. Yo siempre había invitado a Maya a pasar las vacaciones escolares con nosotros, y siempre alenté a Maya, Paulo, Claude y Paloma a que fueran amigos. Pero Jacqueline quería a Picasso todo para ella».

El derrumbe llegó en 1964, con la publicación de La vida con Picasso , de Gilot. Claude Picasso, que tiene un departamento ultramoderno en Nueva York al lado del de su madre, con espléndidos Picasso y Matisse, retoma la historia al día siguiente. Bajo y robusto como su padre, Claude tiene la inconfundible mandíbula cuadrada y los profundos ojos negros de Picasso. Todo su cuerpo delata su dolor mientras recuerda el día que vio a su padre por última vez, en 1964, cuando era un estudiante de 16 años.

«Eran las vacaciones de Pascua. Paloma y yo tomamos el tren hacia el sur de Francia, fuimos a la casa que nuestra madre conservaba allí y luego llamamos a la casa de mi padre. ¿Podía venir a buscarnos el auto, como siempre? No vino nadie. Esperamos durante días, no vino nadie. Finalmente, nos encontramos con Pablo y Jacqueline? ella fue la que más habló. Dijo que Pablo había sido despiadadamente herido por el libro de mi madre y que era culpa nuestra, porque Paloma y yo tendríamos que haber impedido que lo escribiera. Dejaron claro que mi padre había terminado con nosotros. Yo me enojé con mi padre, pensé que se estaba comportando como un viejo tonto y débil. Paloma estaba devastada, se sentía completamente rechazada. Llamamos, escribimos cartas, todo inútil. Él tenía 83 años, vivía como un recluso. Cada año yo iba al sur e intentaba verlo. Trepé los muros de su casa, para verlo, pero nunca lo vi.»

Más tarde Gilot continúa: «Picasso demandó a mi editor francés, perdió el caso; apeló y volvió a perder. El día que se anunció el veredicto, me llamó por teléfono. Ganaste, bravo, te felicito.’ Típico admiraba al ganador. En ese juego yo había sido mejor que él, pero si hubiera perdido ¡me habría despreciado!»

El genio suele hacérselas pagar caro a los que lo rodean, tal como trágicamente lo aprendieron los más próximos a Picasso. Cuando murió, su funeral se celebró en un château rodeado por altos muros, Vauvenargues, en Provenza, donde está sepultado. Jacqueline se negó a permitir que Claude y Paloma tributaran sus últimos respetos a su padre o que asistieran al funeral. Claude recuerda: «Nevaba, después llovió. Paloma y yo permanecimos ante las puertas del castillo durante tres días, esperando que nos permitieran entrar, pero Jacqueline había dado la orden de que nos dejaran afuera». El hijo de Paulo Picasso, Pablito, tampoco pudo entrar. Se fue a su casa y se tomó una botella de lavandina. Sufrió una desdichada muerte tres meses más tarde. Pocos años después, incapaces de vivir sin Picasso, tanto Jacqueline como Marie-Thérèse se suicidaron.

Picasso, que temía la muerte, no dejó testamento, y eso causó un caos tras su deceso. Según la ley francesa de ese momento, los hijos nacidos fuera del matrimonio no tenían derecho a la herencia. Gilot, con su fervoroso sentido de justicia, había iniciado antes los procedimientos para que les concediera el apellido Picasso a sus hijos. «Fui Claude Gilot hasta los 12 años, y luego me apellidé Picasso», dice Claude.

Disfrutando en cierto sentido de la ironía, Gilot cuenta que usó lo que ganó con su libro para ayudar a Claude y Paloma a iniciar un juicio para convertirse en herederos legales de Picasso. «Llevó años, la ley estaba a punto de cambiar. Pero a consecuencia de la publicidad que rodeó nuestro caso, cambió inmediatamente y Claude, Paloma y Maya pudieron heredar de su padre.» Picasso aún vivía cuando iniciaron el juicio. «Lo enfureció -asegura Gilot- pero había dado su palabra de que amaría y protegería a sus hijos, y no cumplió su promesa.»

Francoise Gilot with Daughter Paloma and Son Claude-1951

 

Ahora, Claude está a cargo de la Administración Picasso en París, que se ocupa de los derechos y otros asuntos legales. Es un inventario andante de la obra de Picasso. Admite que ser el guardián de la producción del padre que lo abandonó es una compleja situación emocional: «La vida te enseña a perdonar y te da responsabilidades», dice con suavidad.

 

 

 

ADIÓS A LA MUJER FLOR

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Gilot accede a una sesión fotográfica y para nuestra siguiente visita está vestida de azul, con
un arco iris en su chaqueta y en su echarpe. «Soy una colorista y adoro la manera en que los
colores, uno junto al otro, disputan o cantan», confiesa. Subimos seis pisos en el ascensor de 1893 para ver el estudio bastante espartano que usa para dibujar. Ventanas altas dan sobre el techo del edificio vecino, donde se ven seis colmenas. «Las abejas consiguen polen de las flores de Central Park y regresan volando aquí para hacer miel», dice con deleite.

El gran estudio donde pinta, situado junto a su departamento, está repleto de sus coloridas pinturas abstractas, y hay más sobre los atriles. «A Picasso le gustaba mi obra», acota con orgullo. Los anaqueles trepan hasta el techo y, aunque Gilot no tiene obras de Picasso, sí tiene docenas de libros sobre su obra. Tentativamente le pregunto si podemos abrir uno donde esté la imagen de La Mujer Flor para una de sus fotografías. Gilot alza enfurecida la cabeza, lanzando chispas. «Absolutamente no. ¡Eso es el pasado!», nos espeta.

Françoise Gilot

También se niega a posar junto a su colección enmarcada de fotos familiares, que incluyen varias de sus años con Picasso. «Podría parecer triste, y yo no estoy triste», afirma. Sin embargo, sí acepta posar con sus orquídeas Phalaenopsis, que están en flor. Mientras sitúa su cara serenamente junto a las flores, le pregunto cómo describiría su color? parece muy prosaico escribir «púrpura». «Exactamente. Un pintor lo llamaría magenta o fucsia», asiente con una sonrisa.

Expresa cierta preocupación por nuestras entrevistas anteriores. «Picasso es una deidad pública y no quiero que crean que lo critico. No me arrepiento ni de un instante del tiempo que pasé con él. Su arte es brillante, pero el hombre tenía defectos, y he sido honesta sobre el tema -explica-. Sé algunas cosas sobre Picasso que no sabe nadie, y podría decir cosas que lo enfurecerían.»

Hizo varias cosas que enfurecieron a Picasso, agrega. Más tarde se casó dos veces, con hombres más próximos a su propia edad. Gilot contrajo matrimonio primero con el artista francés Luc Simon, con quien estuvo casada desde 1955 hasta 1962; la hija de ambos, Aurelia, es arquitecta. En 1970, Gilot desposó a otro «león», Jonas Salk, el descubridor de la vacuna contra la polio. Habla con profundo afecto de los 25 años que compartieron hasta que él murió, en 1995.

Con un brillo triunfal en los ojos, Gilot concluye: «Pablo dijo que mi vida estaría acabada cuando lo dejé, que para mí no habría nadie más que él. Pero me casé dos veces. ¡Eso fue un sacrilegio! Se suponía que sacrificaría el resto de mi vida a él, y entonces hubiera sido la historia perfecta de Barba Azul. ¡Yo la arruiné!»

Obra de Françoise Gilot

Entrevista por la periodista Jane Hawley.

Fuentes: The Sidney Morning Herald, El periódico La Nación.

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ALEJANDRO HERMANN

Muy pocas veces tenemos la oportunidad de contemplar obras de gran expresión emocional. Alejandro Hermann, artista de reconocimiento internacional, expone en la galería Salduba de Zaragoza su más reciente creación “SIN DESEOS” una colección  que suma la  creatividad con lo conceptual.

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A primera vista podríamos decir que estamos ante una obra difícil de catalogar, quizás, porque el artista se mueve entre la pintura figurativa y la abstracta, entre lo académico y la intuición, entre la materia y lo inmaterial; lo cierto es que la pintura de Hermann se mueve hacia la búsqueda del significado de la vida al dar un aura trascendental a sus figuras orientales, exhibiendo una gran técnica al pintar la mirada iluminada de sus personajes, una mirada donde se puede ver la bondad y la sabiduría, despertando la emoción interior del espectador.  Y del mismo modo, su pintura abstracta emerge de su sentido de la espiritualidad, de su profunda intuición filosófica de la realidad y de su experiencia Zen, un abstracto armonioso, de gran fuerza ejecutiva y elegante simplicidad, una armonía que a veces rompe con suaves impactos cromáticos y texturas lumínicas, evocando esa búsqueda de la iluminación que es el Zen.

Judith Cuba

Esta gran muestra de arte se podrá ver hasta el 2 de Julio.

Galería Salduba. Calle Madre Vedruna 5

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CARMEN MANSILLA ‘Crisálidas, Hipsípilas, Libélulas’


Carmen Mansilla

La Galería de arte Salduba presenta el último trabajo de Carmen Mansilla «Crisálidas, Hipsípilas, Libélulas»; una hermosa colección inspirada en unos versos de Ruben Dario. La artista aborda en sus creaciones esa etapa tan significativa de la adolescencia, de la transición a la pubertad, cuando «La hipsìpila deja la crisálida», de ese proceso experimental de la adolescencia a la edad adulta.

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Carmen Mansilla nos cuenta de «la princesa de la boca de fresa», de la espera del «Príncipe de Golconda Azul » que no existe, de «La luz de la mariposa» o del «Miedo a perder las alas de la Libélula»; son algunos de los títulos de los casi 60 cuadros que componen su colección. En esta gran muestra de arte, la artista despliega toda una nueva forma de ver, concebir y pintar el realismo, un realismo de rasgos más sugerentes, con colores que se generan y se funden para crear ambientes y atmósferas de luces insólitas.

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Toda esta gran exhibición de técnica y creatividad es resultado de una trayectoria artística plena de retos y auto exigencias, en ese recorrido la artista madrileña ha compaginado su carrera expositiva con la investigación y el aprendizaje; ha explorado y trabajado en diferentes campos de la creatividad como el diseño publicitario y la moda, ha realizado diversos proyectos de ilustración para el cine y el teatro.  Carmen Mansilla es una artista que ha sabido evolucionar y renovar su pintura; la innovación ha marcado la pauta en cada una de sus exposiciones, abriendo nuevas puertas y consumando etapas; y para recordar, son famosos sus cuadros de las imágenes secuenciadas de una misma persona, que se movían a través del lienzo compartiendo espacio con grandes grafías estáticas donde la artista lograba representar o pintar el movimiento, eran cuadros que llamaban la atención por sus colores vivos, por la pincelada fina e imperceptible y por su composición rompedora, inspirados muchos de ellos en el diseño publicitario. También son celebres sus grandes retratos, ejecutados a través de un dominio magistral del dibujo, sumando técnica mas idea.

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Si antes la obra de Carmen Mansilla se identificaba por esa búsqueda de la perfección en la técnica y del detalle en la pincelada, hoy su pintura ha dado un giro más experimental, más íntimo y profundo para concebir el arte como lenguaje, un arte para expresar y comunicar, y lo podemos descubrir al observar sus últimos cuadros, donde construye las emociones a través de una pincelada mas suelta, mas meditada, mas subjetiva; hoy la fuerza de su pintura, se encuentra depositada en las miradas y en las intenciones de sus personajes.

Esta vez, la artista nos traza con su pintura un puente para enlazar la materia con los sentimientos.

                                                                                                                                   Judith Cuba

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JESÚS NAVARRO, EL MAESTRO DEL HIPERREALISMO

 

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El Hiperrealismo que desarrolla Jesús Navarro es de tal fuerza que la verdad que él pinta no es fotográfica, su realidad habla por si misma y transmite sentimientos.

El visitante se sentirá fascinado por una obra de amplio y variado repertorio objetual y compositiva, se encontrara con cuadros de atmósferas surrealista, de realismo mágico y fantástico, con bodegones donde el pintor concede a ese género inagotables posibilidades, ya que su composición esta dotada de un argumento narrativo y onírico, cultivando un realismo calido, distante de lo frío y cerebral.n1

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Llama la atención su perfeccionismo, el artista analiza con paciencia y rigor hasta el último detalle, resalta minuciosamente cada pincelada con una precisión que recuerda a los grandes maestros del siglo de oro, elevando cualquier realidad cotidiana a la máxima expresividad, emocionando al espectador, ya que en su pintura percibimos, memoria, intuiciones, fuego, esperanza, recuerdos, meditaciones. Jesús Navarro nos representa la esencia de la realidad.

 Judith Cuba

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GRISELDA FERRÁNDEZ, COLOR Y EXPRESIVIDAD

  LA EXPRESIVIDAD Y EL COLOR DE GRISELDA FERRÁNDEZ   Griselda Ferrández nos muestra una visión pictórica muy personal del paisaje urbano. La luz, la intensidad cromática y la fuerza expresiva de sus contrastes caracterizan su obra.

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Su pintura es narrativa,  la artista catalana refleja la vida diaria de la ciudad con todo su contenido y movimiento;  escaparates, coches, bicicletas, graffitings, reclamos publicitarios ocupan sus calles.   La publicidad casi siempre  presente en sus paisajes,  se manifiesta en grandes rótulos o en las bolsas que portan sus personajes,  los anagramas corporativos pueblan la ciudad.  Griselda Ferrández nos retrata con mucha sutileza la cotidianidad y tal vez ese conformismo que se respira por ejemplo al cruzar un paso de cebra, o  el detenerse ante un escaparate para ver no sé qué mientra se espera.

La ciudad es el recorrer diario, es la espera, el ver pasar,  es el encuentro, un paseo en bicicleta.  Es su percepción de las vistas urbanas, plasmada con una magistral técnica y con toda la intensidad cromática de los paisajes de su contemporaneidad.

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Pero hay otra línea expresiva que desarrolla la artista, y esas dos formas de expresión conviven en su estudio,  la otra es una pintura diferente, rica en materia y sentimientos, una obra que no tiene nada que ver con la representación fiel de la realidad o de la naturaleza, ya que va más allá de la apariencia; es intima y simbólica, aquí Griselda Ferrández nos pinta su paisaje interior y meditado a través de la materia, empleando arenas, polvo de marfil o aplicando a modo de collage trozos de papel rescatados del tiempo, del mismo modo utiliza cuerdas, para coser o enlazar la materia con los elementos, aportando así un significado atemporal y alegórico a su composición.   Es su otra forma de concebir la pintura.

                                                                                                                                                                      Judith Cuba

 

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El cuadro ‘El abrazo’ de Juan Genovés, en el olvido hasta marzo

El cuadro 'El abrazo' de Juan Genovés, en el olvido hasta marzo

El icónico cuadro sigue en los almacenes del Museo Reina Sofía de donde será rescatado a partir de marzo. Cuando José Bono era Presidente del Congreso, prometió pedir la obra pero no se realizó gestión alguna

Símbolo de la lucha política popular que pretendía arrancar la amnistía a un gobierno titubeante en tiempos en los que la libertad no estaba asegurada, el óleo de Juan Genovés se convirtió en la imagen de la reconciliación durante la transición española. Tan popular se hizo que el medio millón de copias que se ‘tiraron’ para obtener fondos en la campaña pro-amnistía, se les fueron de las manos en pocas semanas a los voluntarios que contribuyeron entonces.
Alabado por políticos, sindicalistas, simpatizantes e incluso por artistas, ‘El abrazo’ duerme el ‘sueño de los justos’ desde hace años en las tripas del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Desde 2003, la última vez que viajó a las ‘tripas’ del museo, el cuadro solo ha ‘visto la luz’ durante tres meses en el año 2009. Además, ha realizado un viaje, de ida y vuelta a Valencia, pero de eso hace ya dos años.

Su autor, Juan Genovés, está más que triste porque no cree que sea justo olvidarse de un símbolo ante el que se identifican muchos españoles que vivieron en primera persona la lucha por la democracia. «No se trata de un asunto personal. Es que me parece impresionante cómo en España, no parece importar la Historia», explica.

Afirma el pintor valenciano que antes de las elecciones José Bono, siendo aún presidente del Congreso, se mostró partidario de solicitar al Reina Sofía el cuadro. Su intención era colgarlo en el edificio de la Carrera de San Jerónimo, una idea que gustó a Genovés al considera su obra como un verdadero símbolo histórico de la reconciliación en la España moderna. Claro que la declaración de intención quedó sólo en eso: palabras políticas sin resultado efectivo.

Ahora, el museo afirma que el cuadro volverá a ser expuesto. Será en cuanto acabe la muestra dedicada a Antonio Muntadas, inaugurada el 23 de noviembre. A partir de finales de marzo, ya formará parte de la reordenación de la colección permanente en un capítulo que, bajo el epígrafe ‘La Guerra ha terminado’, agrupará obras realizadas tras la II Guerra Mundial. Será en ese contexto histórico en el que encontrará acomodo ‘El abrazo’. Junto a él, se podrá disfrutar de la obra del Equipo Crónica y de Eduardo Arroyo.
Fuente: Cadena SER, Javier Torres-

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El arte callejero convierte a Londres en una gran galería

El arte callejero convierte a Londres en una gran galería

http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/06/110608_video_streetart_londres_gtg.shtml

El arte callejero convierte a Londres en una gran galería

Berlín, Nueva York, Londres… ciudades cosmopolitas que atraen a miles de artistas con el sueño de ver sus obras en galerías de renombre.

Entre esa diversidad, hay quienes han hecho de las calles sus galerías con instalaciones, esculturas y pinturas.

Sus trabajos a la vista del transeúnte le han dado a la capital británica un estilo único.

Y tal es la admiración del londinense por estos trabajos urbanos que hasta se ofrecen tours para que el foráneo los disfrute, como se ve en este video producido por Gabriela Torres de BBC Mundo.

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El Rey de Manolo Valdés

El Rey de Manolo Valdés

Desde la prehistoria el cuerpo humano ha sido objeto de representación, especialmente el del monarca o jefe de la tribu, así como el de la mujer como diosa de fertilización. Hay diversos tipos de «realismos» en la representación del ser humano: hay un realismo crudo (que compite con el sentido de la fotografía), hay un naturalismo (de corte más bucólico), hay una reproducción clasicista (que tiene algo de descubridor, de canon griego, por ejemplo), hay una reproducción fisonómica (donde también es importante la ropa o la expresión), hay el expresionismo y el hiperrealismo, y hay una figuración personal (inventada por el estilo de cada cual).

Valdés. | A. Di Lolli
Lo que llamamos «pintura figurativa» o «realismo» no es un descubrimiento de Velázquez ni de nuestros contemporáneos de «realismo fotográfico». Es tan antiguo como los egipcios. De los retratos de los faraones en basalto a los retratos de los emperadores romanos en mármol hay más de 2.000 años como de éstos al presente retrato de Juan Carlos I de España realizado por el pintor Manolo Valdés.

La interpretación de la figura humana comporta mayor riesgo que la de deformar un objeto o un paisaje para someterlos al lenguaje del arte. El Rey, en este caso, se convierte en prisionero de sí mismo, se encierra en un extraño anonimato. La figura es un hecho cultural como el paisaje.

Valdés no se para en los detalles particulares del rostro, no busca la similitud aristotélica, sino que emborrona todos esos detalles
Nuestra mirada se ha enfrentado a la historia del retrato con la admiración de lo exacto. Los retratos son sentenciados por el tiempo a la muda elocuencia de las ruinas, que nos evocan sólo porque han olvidado su función. Albert Camus lo señaló acerca de las ruinas de los templos romanos en Argelia: han perdido su función arquitectónica, religiosa, litúrgica,… y se nos presentan ahora solo con el valor de una elocuencia muda. Simplemente evocan algo que ya no sabemos que fue.

Dimensión humana y reflejo de poder

La figura de todo monarca en un retrato tiene dos perspectivas, por un lado la imagen del poder, propagandística y monumental, como memorial (que es la conocida en los museos), y por otro lado la dimensión humana, cotidiana, incluso prosaica (que se ve en las pinturas egipcias sobre faraones). La primera perspectiva es la que abre que el poder subvencione y pague a los artistas; la segunda (en este caso Valdés ha regalado su trabajo) es la que permite al artista seguir nuevos vuelos y abrir nuevos horizontes formales.

El retrato oficial se convierte en campo de pruebas de nuevas visiones plásticas, nuevos tratamientos de los materiales. Es lo que hicieron ya Velázquez y Goya, por ejemplo, con las familias reales españolas. Ellos, los artistas, dan la inmortalidad. Es el regalo que el buen artista da en su pintura al retratado.

Valdés ha realizado un retrato sencillo, de medio cuerpo, vestido de gala. Juan Carlos I, de pie y no frontal, recuerda a las paráfrasis que el pintor valenciano realizó de los retratos velazqueños a principios de los años 80. Valdés, en la huella de Francis Bacon, ni ilustra ni contempla: sitúa a su personaje en un fondo matérico, de arpillera y pigmento, y le mueve entre sombras y distancia. Valdés hace vivir a sus paráfrasis en un escenario, salvando la amenaza literaria y encapsulándolas como en el zoo tras la barrera del cristal.

Este cuadro no es caricatura de la persona, sino como en Bacon y en Giacometti, es icono existencial
Si Bacon en los retratos de sus amigos plasma la soledad, el desamor y la disolución del cuerpo hacia la muerte, Valdés reencuentra en esta imagen un arquetipo, como si mostrara su herencia biológica. Es interesante seguir las fotografías del proceso de realización del cuadro donde se ve al pintor observando atentamente las fotografías de las condecoraciones reales para materializar estas con la pasta pictórica.

En la realidad del rostro de Juan Carlos actúan a la vez la contención de la respiración y la sustancia. Una fotografía muestra el golpe de color, la fuerza del pigmento con que Valdés de un trazo completa el perfil del Rey. Es decir, al verdadero y original retrato le es consustancial su propia respiración artística.

El protagonista es el Rey no sólo como esquema retórico (con esas medallas que salen de la materia y de la tela arrugada) sino como modelo existencial, antropológico y sobre todo histórico-artístico. El hombre queda inmerso en una caja iconográfica, como un elemento didáctico. Frente al ritual jerárquico del poder y de su representación, Valdés emborrona al Rey y lo emborracha en su pintura, en su desfiguración.

Su visión cristaliza en un cuadro, en un retrato movido del alma interior, del agotamiento psíquico y de la melancolía. La presencia visual se transforma en un órgano de comunicación expresiva. Valdés no se para en los detalles particulares del rostro, no busca la similitud aristotélica, sino que emborrona todos esos detalles. Los ahoga en una pasta pictórica donde los rasgos particulares se convierten en rasgos animales que definen, sin embargo, la identidad cuasi fotográfica de la postura vital del retratado: corporalidad y campechanía bajo el uniforme, más allá de las telas y los pigmentos. Este cuadro no es caricatura de la persona, sino como en Bacon y en Giacometti, es icono existencial.

Valdés no persigue el espíritu fotográfico, la identidad con el referente; sino al contrario, la plasmación de la visión propia: la ‘ilusión del arte’, en términos de Gombrich, donde son encontrarles los vestigios de la personalidad del autor y de su estilo. La ‘ilusión del arte’ viene ceñida por un marco y un cristal que nos separa de la representación.

El marco sigue la tradición del dorado, con dos capas de pan de oro, dos laminas superpuestas, dadas con una brocha de pelo de ardilla y pegadas con pigmento animal y bruñidas con ágata.

Potencia transfiguradora

Las obras de Valdés valen por la potencia transfiguradora del mundo real (el cual ya está ahí, se basta a sí mismo y no necesita ser vestido con otro lenguaje) que Valdés les infunde. Su pintura realista no pretende representar el conjunto de anécdotas de una persona (como los Zubiaurre o Hopper) sino los signos de identidad de un paisaje (como Arteta, o como Beckmann).

«Transposición, idealización, filtro, metamorfosis: tal es la operación mágica cumplida en las grandes obras de arte», ha señalado acertadamente Guillermo de Torre. El retratista profundiza en la realidad a través de la creación plástica. Goya a través de la pintura queda libre y abierto a la invención, a la innovación y al análisis. El ojo del espectador luego va al lienzo y regresa a la mente, reflexionando. Se pregunta por lo que ha percibido. El ojo interpreta lo que otro ojo y otra mano ha descrito o ha señalado. Por el humo volvemos al fuego.

La pintura de Valdés oscila entre el poema en prosa, la erudición pasada por el tamiz de la elegancia y la ironía que se apresta a combatir los ultrajes de la historia. Su retrato es de un estilo totalmente personal. Estilo en el que entran muy diversos materiales (la historia y experiencia personal, la estupefacción de un arcano, la anécdota intrascendente) componiendo una obra en la que finalmente reconocemos la potencia sentimental del artista: el compendio valorativo que ha llevado sobre los más diversos objetos, su derroche de amor y de elegante escepticismo.

* Kosme de Barañano es catedrático de Historia del Arte, ex subdirector del Museo Reina Sofía y ex director del IVAM.

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La guitarra y Pablo Picasso

La guitarra y Pablo Picasso

Una exposición en el MoMA examina uno de los momentos creativos más interesantes en la trayectoria del pintor malagueño

Nueva York, 31/03/11
Reconstruir la relación de Picasso con sus guitarras es una historia plagada de transformaciones y relaciones inusuales. El proceso experimental en el que se vio inmerso durante los años 1912-1914, así lo demuestra. La transformación inesperada de una humilde obra de arte con siglos de tradición convertida en materia de vanguardia, en un periodo en el que el pintor español daba el último aliento creativo al Cubismo.

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Para exponer cómo se forjó esta relación y reconstruir el proceso creativo de Picasso en su taller, el MoMA ha decidido tomar como punto de partida dos obras regaladas por el propio Picasso a principios de 1970. Dos piezas que condensan el significado de ese proceso de experimentación, pero que vienen acompañadas por un conjunto de 65 collages, diversos montajes, dibujos, pinturas y fotografías procedentes de más de 35 colecciones públicas y privadas en todo el mundo.

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Obviamente, son las fotografías del taller de Picasso los materiales que mejor hablan del proceso. Un rediseño constructivo del objeto que resta nobleza a la madera y al lutier, en busca del cartón y de su ensamblaje con el papel y la madera. Una pauperización de la guitarra en busca de la naturaleza muerta cubista, descomponiendo materiales, sus propios soportes y técnicas. Así lo demuestran obras como Guitarra (1912), Sifón de vidrio, periódicos y violín (1912), Violín colgado en la pared (1912-1913) o Mesa de bar con guitarra (1913).

Picasso: Guitarras 1912-1914 ofrece una oportunidad única para acercarse a los años finales del cubismo, justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, y sumergirse en el taller del pintor malagueño en busca de su genio en uno de los momentos cruciales de la Vanguardia. La exposición está comisariada por Anne Umland, conservadora del MoMA de Nueva York y puede visitarse hasta el 6 de junio. Alejandro Martínez

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MIGUEL ANGEL GONZALEZ, EL ESCULTOR

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    “La Hipoteca”

El escultor Miguel Ángel González  trabaja el hierro.  A ritmo de un gran martillo va forjando el metal. En su taller los golpes suenan como un gran latido, la fuerza de su brazo esta impulsada por esa emoción que siente al dar forma su pensamiento, tanto el escultor y su obra palpitan al compás  de cada corte, de cada golpe, de cada chispa que salta al soldar las piezas y donde se percibe ya el espíritu de su obra.

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                                                                       “Metamorfosis”  
La obra de este gran artista argentino  nos invita a la reflexión,  sus títulos  “La maternidad”, “Metamorfosis”, “La Hipoteca” «El Esfuerzo»  son piezas que  representan al ser humano en algún momento crucial de su vida, pero  Miguel Ángel González no solo interpreta al ser humano en situaciones de máxima tensión,  también nos representa  el movimiento, como  “El viento”, “La ola”, “Estampida de caballos” , la fuerza del “Toro”, la tensión armoniosa de “La Danza” o la tensión muscular de “La competición” …cuerpos entregados totalmente a la acción.  Sus esculturas son piezas de hierro que palpitan, que transpiran mil emociones, que expresan el sentir del escultor.
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 El esfuerzo
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Este es el arte de Miguel Angel Gonzales, Un arte visual dirigido a la mente y al corazón.
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    «El Edificio»
Miguel Ángel González cuenta con una trayectoria larga, llena de éxito y reconocimiento con exposiciones entre Argentina, Francia, Holanda y España, prueba de ello son las obras monumentales que tiene en muchos espacios abiertos de diferentes ciudades.
Judith Cuba
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